EL GENIO DE LA CÁMARA MARAVILLOSA (La cámara de Pandora, Joan Fontcuberta)

“Una obra humana no es más que la larga andadura para encontrar en los recodos del arte las dos o tres imágenes simples y grandes que hicieron que nuestro corazón se abriera por primera vez” Albert Camus, El revés y el derecho, 1937
Poco después del fallecimiento de Henri-Cartier Bresson el 2 de agosto de 2004, circuló por varios foros fotográficos de Internet uno de esos mensajes en cadena que rezaba: “Nietzche tenía razón: Dios ha muerto”. El adagio se antojaba mejor una especie de epitafio: para muchos en el mundo de la fotografía, Cartier-Bresson era dios y su partida dejaba desamparado el particular olimpo del arte de la luz. Para otros, más allá de la inmortalidad de su obra, Cartier-Bresson no llegaba a la categoría de dios, pero desde luego sí a la de genio: uno de esos escasos genios que fueron capaces de modelar la mirada moderna del siglo XX.
Hace unos años, Alain Desvergnes me refirió una anécdota que viene a cuento como nota necrológica. Desvergnes, fotógrafo y docente, fue el fundador y primer director de la Escuela Nacional de Fotografía de Arles, en Francia, y durante un tiempo compaginó esa función con la dirección del Festival Internacional de Fotografía que desde 1969 se celebraba en esa misma localidad cada segunda semana de julio. Por sus primeras ediciones, antes de que el público se masificara, desfilaron figuras legendarias de la historia de la fotografía como Ansel Adams, Eugene Smith y el propio Cartier-Bresson. Cartier-Bresson poesía junto con su esposa, la también fotógrafa Martine Frank, una casa de campo, “Le Claux” en Céreste, en la Alta Provenza, que por tanto no distaba mucho de Arlés y en la que pasaba temporadas de verano, efectuando visitas furtivas a las exposiciones y proyecciones que podían atraerle. La mansión se convertiría previsiblemente en un foco de selecta peregrinación al que muchos admiradores acudían para rendir pleitesía, pero tambiénen un lugar de encuentro entre viejos camaradas de profesión. Cuando en una ocasión Eugene Smith fue el invitado de honor del Festival, Desvergnes lo condujo a visitar a su antiguo amigo. Los dos máximos exponentes del documentalismo social habían compartido en el pasado causas y aventuras, y el afecto que se profesaban no llegó nunca a disipar una humana rivalidad. Ambos por otra parte tenían fama de apasionados y de enérgicos conversadores: locuaces, agudos e incisivos. Eugene Smith no aventajaba a Cartier-Bresson en mordacidad e ironía. En el fragor de una discusión, Smith preguntó: “Y tú, Henri, ¿cuántas fotografías buenas, verdaderamente buenas, crees que has conseguido hacer en tu vida?”.
Ante esta pregunta-trampa se produjo un silencio expectante entre los asistentes. Los dos fotógrafos habían publicado a lo largo de su carrera docenas de libros, con miles de imágenes. ¿Cómo condensar esos millares de “instantes decisivos” en un número reducido de obras maestras? Lo que parecía presumible dialécticamente era que, fuese cual fuese la respuesta, Smith iba a reprender a su oponente rebajándole el número, censurando así un eventual bajo nivel de autoexigencia. Por lo cual, en previsión, Cartier-Bresson optó ya por una cifra ostensiblemente exigua y modesta: “Yo creo que unas doce. Tal vez sólo diez”. Al lo que al otro le faltó tiempo para reponer impetuoso: “¡Anda ya! ¡Qué exageración! como mucho has hecho tres, buenas verdaderamente buenas. No más de tres”.
Cartier-Bresson vivió 95 años. Tal longevidad y una dedicación intensa no permitían a los ojos de Smith más que tres limitadas buenas fotografías. Tal vez todo lo demás no constituía más que esforzadas tentativas y bocetos, sin duda valiosos, pero sobre todo decididamente necesarios para acceder a la suprema excelencia de esos tres resultados finales. ¿Es homologable esta teoría a otras disciplinas del arte? ¿Alcanzó Picasso más de tres obras verdaderamente maestras?
Me gusta imaginar a aquel Aladino fotógrafo a la espera de sus tres oportunidades mágicas, trotando por el mundo de un confín a otro con su camára maravillosa en ristre. El genio podía despertarse a menudo de su letargo, pero sólo tenía facultad para colmar tres veces en total los requerimientos de su amo. Imaginemos el tormento del fotógrafo para escapar de esa restricción. Podía intentar engatusar al viejo genio, por ejemplo pedirle que el tercer deseo fuese la posibilidad de pedir tres deseos más y así sucesivamente. Pero a buen seguro que el fotógrafo se las veía con un genio experto que se la sabía larga. Aunque también podría haber pasado que le genio reconociera la propia genialidad de Cartier-Bresson y lo tratara algo así como a un colega, merecedor por tanto de alguna concesión excepcional. Sea como fuere, la búsqueda de esos tres deseos cumplidos ayuda a entender la fundamental contribución cartier-bressoniana al acervo expresivo de la fotografía. Una contribución que, más que una eficaz dramatización documental de la historia (vertiente muy estudiada ya por los especialistas), consistiría en puentear la doctrina surrealista con la filosofía zen, sensibilidades ambas sumamente proclives a una complicidad con lo prodigioso.
Para los surrealistas, la fotografía equivalía en el plano de lo visual a lo que la escritura automática representaba para la poesía: la cámara hacía emerger el inconsciente escondido de la mirada. Para el zen, todo gesto artístic radicaba en el propio acto de ver. No se trataba tanto de “hacer” una fotografía como de “captarla”: un fragmento de la realidad era identificado por un instante del espíritu, el acontecimiento quedaba colocado en medio de la estética. El fotógrafo no era un cazador de imágenes, sino un pescador de momentos: lanzaba el anzuelo a la espera de que el tiempo y la realidad picasen. Cartier-Bresson solía decir que él no tomaba fotografías, sino por el contrario las fotografías lo tomaban a él.
Cuando sintió la necesidad de legarnos un manifiesto, escribió este consejo:  “Poner la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo punto de mira”. Escatimó en cambio recordarnos que, además y por encima de todo, debíamos invocar, frotando suavemente nuestra cámara maravillosa, la aparición epifánica del genio. 
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De vuelta en luna roja

De vuelta
en la luna roja
roja redonda
luna de sangre.
No sé cuándo arranqué tu piel,
no sé cuándo
me devoraste.
Me perdí en la luna de tus ojos
abiertos, verdes,
cerrados de placer
abiertos de asombro.
Te perdiste en mis uñas
te llevo allí
y ahí me quedo,
en tu piel, que se tiñe
de luna roja.
15/11/18

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En la luna roja

Quiero verte siempre
en la luna roja
entre mis piernas.
Enredado entre pliegues,
perdido en humedades.
Quiero verme siempre
en la luna roja
entre tus brazos.
Tus manos en los confines
de mi gozo.
Al caer la tarde se me aparecen
cielos en los charcos,
pájaros volando en los vidrios recortados.
Pero yo sigo reflejada
en la luna roja
entre tus ojos

30/11/18

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Lunes

Para sentir otra vez
el sabor suave a tabaco
de tu boca
es que corro y cambio planes
es que invento horas
fuera de horas.

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Día a día

Cómo empezar esta historia
que ya está empezada.
Cómo hilvanar episodios
día a día.
Llegaste a mi vida casi sin darme cuenta,
a ver qué pasa,
sin más pretensión que una sonrisa.
Cómo fue alcanzándome la alegría
de saber que estás del otro lado
día a día.
Cómo buscamos momentos para vernos
horas inventadas
robadas a la vida
semana a semana.
Cómo imaginar el futuro,
si importara algo saberlo,
esas horas acumuladas sin querer
que van llenando los días.
Cómo escaparle al final,
cómo no temerle
después de estas horas
llenas de abrazos.

 

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Día de la niña

Odio el frío.
Tu historia estaba llena
de mañanas con escarcha.
Sabañones.
Tengo los pies congelados,
miedo al frío.
Tus historias de niña
estaban llenas de ausencias
de luto, de abuelas y tías lejanas.
De un padre enfermo, cariñoso.
De muerte y soledad.
Odio el frío.

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Todos tenían tu cara

En el gris de las siete de la tarde
todos tenían tu cara
borrosa y de olvido
ajena, sin rastros de mí.
El viento barría las nubes
el frío bajaba los ojos,
y en esa rendija seguían los tuyos
cruzando la calle,
los pasos alejándose
pero tu cara volviendo, una y otra vez.
Los días se suceden
los instantes están ahí, imborrables.
Pienso, hasta cuándo
veré tu mueca a la vuelta de la esquina
aunque no esté.
En los reflejos de los vidrios
seguía ahí, mirándome
sin verme
como yo te veo
sin mirarte.

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No me arrepiento de nada – Gioconda Belli

No me arrepiento de nada
Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido; 

las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas.
Odio sus amenazas en mi cuerpo.
La culpa que sus vidas impecables,
por extraño maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos oficios;
de los llantos a escondidas del esposo,
del pudor de su desnudez
bajo la planchada y almidonada ropa interior.

Estas mujeres, sin embargo,
me miran desde el interior de los espejos,
levantan su dedo acusador
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
y quiero ganarme la aceptación universal,
ser la “niña buena”, la “mujer decente”
la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en conducta
con el partido, el estado, las amistades,
mi familia, mis hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan este mundo nuestro.

En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
e hice el amor sobre escritorios
-en horas de oficina-
y rompí lazos inviolables
y me atreví a gozar
el cuerpo sano y sinuoso
con que los genes de todos mis ancestros
me dotaron.

No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.

Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser.

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Tentación

Bienvenido este culto de los cuerpos
de estas almas que se salen por los ojos
y que gritan ese nombre silenciado.
Tentación, dijiste. Una manzana para morder.
Mi nombre dijiste, y yo el tuyo
y tantas cosas que se dicen con tu risa.
Mi risa se lee, se escucha, se palpa.
Risas que se rozan y se acarician.
Bienvenida la fiesta de las pieles,
los olores, los alientos,
el gusto a deseo
colmado de sonidos.
Los ojos clavados en los otros
ojos.

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Luz

Aprendo
no me canso
de aprender
cómo suenan las palabras
cómo iluminan las luces
cómo se ensombrece la noche.
Aprendo cada día
cada sol
cada color,
cada sonido de los pájaros
cada emisión de mi voz
que se hace más clara y más libre.
Aprendo con las sombras
cómo se atrapa la luz
cómo se ve más claro
el mensaje de los días.
Aprendo con el dolor
cómo no creer en las palabras
cómo traspasar las miradas arteras
cómo derrotar la miseria
de los miserables que derrochan luz
oscura.
Aprendo a ser
a cantar
a ver
a decir
a mostrar
los reflejos de mí.

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