Martes 15

Tengo que ver esto, digo. Tengo que ver al sol llegando a su caída. El sol no sabe que cae, ni que se alza. Simplemente transcurre, danza de este a oeste, para luego volver al este.
Siempre se trató de lo mismo, de ciegos y de fotografía para ciegos. De música para sordos. De soles para suicidas.
El sol sigue cayendo de estación en estación. Colegiales, Coghlan, Saavedra. El tren tampoco sabe que corre. Y los pasajeros no saben del sol. Sólo de sus celulares luminosos, como en el que yo escribo en este instante.
El sonido siempre igual del tren me lleva a otras vías -ahora muertas- que transité a los diez años. Las estaciones eran otras, el sol era el mismo. Y la lluvia que se disipa dejando charcos donde reflejar el sol. Sólo recuerdo Junín, y Rufino a las dos de la mañana.
Ahora las nubes se van enrojeciendo, como si quisieran llamar la atención de los pasajeros, que sólo tienen ojos para sus celulares.
El silbato hace andar nuevamente al tren, y pienso si no será sólo eso lo que perciben los ciegos, y lo que les dispara la imaginación de lo que sucede. ¿Cómo son las imágenes de los ciegos? ¿Será el tren como una serpiente emplumada que devora hombres y los vomita en su destino?
Las nubes enrojecen más todavía en Florida, y en Cetrángolo tiñen todo el cielo de anaranjado fuego.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Agua, Camino, Cuentos, Fotografías, Lluvia, Mirada, Sol, Tarde, Tiempo, Viajes. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s